P R I M E R A P A R T E
Catequesis propedéuticas al Sacramento del Bautismo
P R E S E N T A C I Ó N I
I-1. El Bautismo de tu hijo: mucho más que una tradición
I-2. El rito del Bautismo explicado paso a paso: ¿qué significa cada gesto?
Catequesis propedéuticas al Sacramento del Bautismo (1ª parte) & Curso de preparación para el Sacramento de la Confirmación (2ª parte) & Guía catequética para conocer y profundizar la riqueza de la Doctrina Católica (3ª parte)
I-1. El Bautismo de tu hijo: mucho más que una tradición
I-2. El rito del Bautismo explicado paso a paso: ¿qué significa cada gesto?
(Génesis 1, 27 a la luz de Lucas 12, 13-21)
«Y así como aquella [Eva], teniendo por esposo a Adán, siendo aún virgen... fue hecha por su desobediencia causa de muerte para sí y para todo el género humano; así también María, teniendo un esposo predestinado, siendo virgen, fue hecha por su obediencia causa de salvación para sí y para todo el género humano... Por eso el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; pues lo que la virgen Eva ató por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, III, 22, 4).
A lo largo de toda la Historia de la Salvación, Dios se ha servido del lenguaje humano y de las realidades cotidianas para revelar misterios de alcance eterno. Dentro del vasto repertorio de imágenes que entrelazan las Sagradas Escrituras, pocas poseen la densidad conceptual, la plasticidad y la coherencia histórica de la piedra angular. Se trata de un símbolo que no solo atraviesa los milenios, sino que opera como un auténtico puente hermenéutico capaz de conjugar de manera armónica las promesas del Antiguo Testamento con la plenitud de la Revelación en el Nuevo.
Por esta razón, la tradición bíblica asumió este elemento técnico para expresar verdades mucho más profundas: la solidez del proyecto de Dios, la fijeza de sus promesas y la manera paradójica en que la lógica divina desarticula con frecuencia las expectativas e ideales puramente humanos.
Para comprender la trascendencia de este concepto, es indispensable desembarazarse de nuestras nociones contemporáneas de edificación y trasladarse al ámbito de la arquitectura de la Antigüedad.
En las grandes construcciones de aquella época, la piedra angular —situada con milimétrica precisión en la confluencia de dos muros de carga o en la esquina del edificio— no era un mero adorno exterior ni un detalle ornamental. Era la pieza fundamental sobre la que descansaba la integridad de toda la obra: alineaba la estructura, aseguraba la estabilidad del conjunto frente a los embates del tiempo y servía como el único punto de referencia válido para el resto de la construcción. Sin esta piedra, el edificio carecía de cohesión y firmeza, y el colapso de la estructura era inminente. Por ello, desde muy temprano, esta imagen adquirió un rico valor metafórico asociado a la solidez, el cimiento y la elección cuidadosa.
En el Antiguo Testamento, la piedra angular aparece en varios textos clave que revelan su profundo sentido teológico:
El Salmo 118:22: «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo». Este versículo introduce un elemento sorprendente: la inversión de expectativas. Una piedra rechazada —considerada inútil o inadecuada— es finalmente elevada a la posición más importante. Este tema sugiere la acción soberana de Dios, que transforma lo despreciado en esencial.
Isaías 28:16: Dios declara: «He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable». Aquí la piedra no es rechazada, sino elegida deliberadamente por Dios como fundamento seguro. La imagen subraya la confianza, la firmeza y la seguridad que provienen de lo establecido por Dios.
Job 38:6: En el contexto del discurso divino sobre la creación, se plantea la pregunta: «¿Quién puso su piedra angular?». En este caso, la imagen se proyecta al orden cósmico, reforzando la idea de que Dios es el arquitecto que establece los fundamentos del mundo.
En conjunto, el Antiguo Testamento utiliza esta figura como símbolo de estabilidad, fundamento divino y, en algunos casos, de elección paradójica: lo que parece insignificante ante los ojos humanos puede convertirse en lo esencial por designio divino.
El Nuevo Testamento retoma estas imágenes y les da un cumplimiento pleno e inequívoco en la persona de Jesucristo:
En los Evangelios: Jesús mismo cita el Salmo 118:22 (por ejemplo, en Mateo 21:42), aplicándolo a su propia situación histórica. En este contexto, los «edificadores» representan a los líderes religiosos que rechazan a Jesús, mientras que Dios lo establece como la piedra principal. La metáfora se convierte en una clave interpretativa de su misión, su pasión y su resurrección.
En los Hechos de los Apóstoles (4:11): Se afirma con absoluta claridad: «Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo».
En la teología paulina: En Efesios 2:20, la comunidad cristiana es descrita como un edificio «edificado sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Jesucristo mismo la piedra angular». Cristo no solo es el cimiento, sino quien da unidad, cohesión y sentido a toda la estructura espiritual de la Iglesia.
En la Primera Carta de Pedro (2:6-7): Se combinan las tradiciones de Isaías y los Salmos para afirmar que Cristo es la piedra escogida y preciosa, pero también rechazada por los hombres. Este doble aspecto —el rechazo humano y la elección divina— resume la reinterpretación cristiana definitiva del símbolo.
En definitiva, la figura de la piedra angular actúa como un hilo conductor que otorga una profunda unidad interna a toda la economía de la Revelación. Lo que en las páginas del Antiguo Testamento comenzó formulándose como una lección teológica sobre el poder de Dios —capaz de sostener la historia de su pueblo y de elevar lo que los hombres insensatamente desprecian— alcanza su cima insuperable en la persona, misión, muerte y resurrección de Jesucristo.
En el Nuevo Testamento, la metáfora abandona el terreno de la abstracción para encarnarse en el Redentor. Jesús no es simplemente un maestro que propone una doctrina firme o un modelo de vida moral intachable; es, en sentido estricto, la piedra angular elegida por el Padre sobre la cual se asienta el Templo vivo de la Nueva Alianza. Aquello que los edificadores de este mundo juzgaron inútil y desecharon clavándolo en el madero de la Cruz ha sido constituido por la gloria de la Resurrección en la cabeza del ángulo, en el cimiento inquebrantable de la Salvación.
Esta verdad no constituye únicamente un dato especulativo para el estudio de la Cristología, sino que entraña una interpelación directa para la vida cotidiana de todo creyente. En un mundo caracterizado por la fragilidad de sus propuestas y por cimientos con frecuencia efímeros, la fe católica nos invita a edificar nuestra existencia sobre Cristo. Él da cohesión a nuestras vidas, alinea nuestras decisiones con el querer de Dios y nos integra, como piedras vivas, en esa gran arquitectura comunitaria que es la Iglesia.
Sagrada Biblia (Edición de la Conferencia Episcopal Española):
Antiguo Testamento: Sal 118,22; Is 28,16; Job 38,6
Nuevo Testamento: Mt 21,42; Hch 4,11; Ef 2,20; 1Pe 2,6-7
Catecismo de la Iglesia Católica (CIC):
N. 756 (La Iglesia como edificio de Dios)
N. 552 (Cristo como fundamento)
YOUCAT:
NN. 122, 126 y 140-141 (Cristo como piedra angular, la Iglesia como templo de Dios y el fundamento apostólico).
«Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios» (Jn 3, 17-18).
1. INTRODUCCIÓN: El drama de la fe en el siglo XXI
Hay en este pasaje de san Juan una mezcla de profunda esperanza y, al mismo tiempo, una radicalidad que nos interpela. Esta doble dimensión gira en torno a una palabra clave que atraviesa el pasaje: «creer». De ella depende todo, pues «el que cree en él no será juzgado» –una promesa luminosa–, pero «el que no cree ya está juzgado» –una advertencia que sacude la conciencia–. Por lo tanto, es necesario hacer un estudio sereno y profundo sobre las implicaciones reales de este término, para no llevar a engaño a nadie: ni a los que dicen creer, ni a los que dicen no creer.
Hoy en día, la palabra «creer» ha perdido fuerza y significado. Decimos «creo que va a llover» o «creo que esa es la respuesta», usándola como sinónimo de duda, suposición o mera opinión intelectual. Para muchos bautizados, la fe se ha deslizado hacia ese mismo terreno: un asentimiento tibio a una lista de verdades abstractas o a un código de normas morales.
Pensemos en lo que ocurre cada domingo: en la Santa Misa, entre la homilía y las preces, la asamblea se pone de pie para confesar públicamente que creemos en cosas a cual más asombrosas –el Credo–, como en un Dios Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible e invisible, en su Hijo nacido de una virgen y que después de morir resucitó al tercer día, creemos en el Espíritu Santo, en la Iglesia, en la resurrección de la carne, en la vida eterna... Pero, ¿nos hemos parado a pensar alguna vez si realmente creemos en todo eso, o si sólo lo recitamos como una fórmula vacía que no compromete nuestra vida ni nuestras decisiones?
Frente a esta tibieza, el Evangelio de san Juan nos sitúa ante un escenario radicalmente distinto y luminoso. Ante la oferta de salvación que Dios nos hace en su Hijo, creer no es solamente confiar en una persona, ni tampoco aceptar intelectualmente unas verdades: es adherirse personalmente a Dios que se revela y, al mismo tiempo, asentir libremente a la verdad que Él nos ha revelado.
2.1. La demolición de la idea del «Dios fiscalizador».
A causa del pecado y de sus secuelas, y agravado por la inercia cultural, el ser humano tiende de forma natural a proyectar un Dios policía o justiciero: un tribunal celestial permanente que vigila cada paso, anota cada caída y espera el momento del error para dictar sentencia. El versículo 17 del Evangelio de san Juan desmonta radicalmente esta falsa imagen. Jesús revela que el motor íntimo que mueve la Encarnación y la Cruz no es la indignación divina ante el pecado y los pecadores, sino un deseo entrañable y apasionado de salvación; es el Amor desbordante de Dios. Dios no se acerca a la humanidad con la balanza de la justicia punitiva en la mano, sino con los brazos abiertos de la misericordia. Su mirada sobre el mundo herido no es de condena, sino de compasión infinita. Pero en esta relación entre Dios y el hombre, lo que define el destino de cada ser humano es su libertad de aceptar o rechazar esta propuesta de amor y salvación.
2.2. La primacía de la gracia: la iniciativa siempre es de Dios.
Esta revolución en la forma de ver o intuir el rostro de Dios cambia radicalmente la dinámica de la fe: nosotros no nos salvamos buscando a Dios; es Él quien nos ha buscado primero. Creer, por tanto, implica antes que nada ¡dejarse amar y dejarse rescatar! Pero dejarse salvar no significa quedarse pasivo: la gracia de Dios suscita y sostiene una respuesta libre de fe, conversión y caridad (cf. CIC 1742). Es la humilde y liberadora aceptación de que no podemos salvarnos a nosotros mismos mediante nuestras propias fuerzas, sacrificios o voluntarismos espirituales, la iniciativa de la gracia es de Dios, efectivamente, pero esa misma gracia suscita nuestra cooperación en la obra redentora de Dios:
«La preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia. Esta es necesaria para suscitar y sostener nuestra colaboración a la justificación mediante la fe y a la santificación mediante la caridad. Dios completa en nosotros lo que Él mismo comenzó» (CIC 2001),
«porque él, por su acción, comienza haciendo que nosotros queramos; y termina cooperando con nuestra voluntad ya convertida» (San Agustín, De gratia et libero arbitrio, 17,33).
3. ENTONCES, ¿EN QUÉ CONSISTE EL «VERDADERO CREER»?
«El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado...» (Jn 3,18a)
Asimilación práctica: Exige escuchar activamente, asimilar y poner en práctica sus enseñanzas en el entramado de la vida cotidiana.
Confianza e imitación: Implica confiar plenamente en sus promesas y buscar de forma permanente su imitación, tomándolo como el modelo definitivo de vida y de santidad.
En definitiva, en el lenguaje bíblico no se cree en una noción abstracta, sino que se deposita la confianza en alguien, permitiendo que su presencia actúe como principio vital y brújula de la propia existencia.
Credere Deum («Creer en todo lo referente a Dios»). Significa aceptar con la mente las verdades sobre Dios. Es un conocimiento real, pero incompleto: como recuerda la tradición, incluso los demonios saben perfectamente que Dios existe y es poderoso, pero lo conocen sin amor y sin entrega a Él.
Credere Deo («Creer en Dios como el que revela»). Consiste en otorgar crédito a su palabra y a su autoridad moral, reconociendo que lo que Él revela es verdaderamente fidedigno y digno de confianza.
Credere in Deum («Tender hacia Dios mediante la fe y la caridad»). Es el verdadero umbral de la fe cristiana. Gramaticalmente, la preposición in indica movimiento y destino; teológicamente significa volverse hacia Dios mediante la caridad: amarle, caminar hacia Él, unirse a Él y formar parte de su Cuerpo.
«"Creer" entraña, pues, una doble referencia: a la persona y a la verdad; a la verdad por confianza en la persona que la atestigua» (CIC 177).
Al llegar a este punto, la fe como adhesión a Dios puede llegar a expresarse, en el lenguaje de la tradición espiritual, como una entrega esponsal: el creyente no solamente sabe algo acerca de Dios, sino que se entrega a Él y permite que Él transforme su existencia.
3.3. Creer con la Iglesia
Esta frase, inspirada en la carta de san Pablo a los Gálatas («la fe que actúa por el amor», Gal 5, 6), resume el corazón de la vida cristiana: la fe es una fuerza viva que se expresa necesariamente en las obras. La fe es la raíz y la caridad (el amor) es el fruto. Una fe sin obras o sin amor es considerada «muerta», porque el auténtico encuentro con Dios se desborda, en primer lugar, hacia Él mismo (en adoración, alabanza y comunión de amor), y desde ahí –como un cauce que continúa— se derrama necesariamente en amor al prójimo.
El amor pone la fe en movimiento. No se trata de cumplir normas por obligación, sino de permitir que el amor de Dios que hemos acogido por la fe se traduzca en servicio, compasión y entrega real hacia los demás.
4. EL MISTERIO DEL JUICIO FINAL Y SU ANTICIPACIÓN EN LA VIDA PRESENTE
«...porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios» (Jn 3,18b)
El juicio definitivo tendrá lugar al final de los tiempos. Sin embargo, su realidad comienza a anticiparse ya en esta vida: ante Cristo, que es la Luz, el hombre toma posición mediante la aceptación o el rechazo de la gracia. De ese modo, el hombre «se juzga ya a sí mismo», es retribuido por sus propias obras y puede incluso llegar a condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf. CIC 679).
4.1. El juicio no es un castigo, es la revelación de la verdad de nuestra alma
Cristo vino a salvar y no a condenar, a redimir y a ofrecer la vida. Dios no desea la condenación del hombre, sino su salvación. No obstante, al entrar en contacto con la Luz del mundo que es Cristo, quedamos al descubierto en nuestra más profunda verdad. El juicio es como encender de golpe una bombilla en una habitación que ha permanecido a oscuras y cerrada durante años: la luz no produce el desorden ni la suciedad, simplemente se limita a manifestarlos tal y como son. Ante el sublime e infinito amor de Dios, cada uno toma postura.
«Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3,19-21).
4.2. La paradoja trágica de la libertad: la autoexclusión
El ser humano posee el asombroso y a la vez terrible poder de decirle «no» a Dios. Quien opta por no creer, experimenta en su propia carne la condena de la autosuficiencia. No es Dios quien le aparta de su presencia; es la persona quien puede rechazar libremente su gracia hasta el punto de conducirse a una separación definitiva de Él. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra «infierno». No es que Dios deje de amar al hombre, sino que el hombre puede rechazar libremente su amor hasta el final.
Aquí se revela el misterio más doloroso y sublime del amor divino: Dios respeta tanto nuestra libertad que está dispuesto a aceptar nuestro rechazo. Prefiere correr el riesgo de sufrir por nuestra negativa, antes que violar la dignidad de criaturas libres a las que ha querido crear por amor.
5. PARA FINALIZAR: ¿En qué se nota que creemos de verdad?
¿Cómo saber si estamos creyendo realmente en Dios o si sólo practicamos una religión de mínimos, una fe puramente rutinaria? La fe auténtica –esa que confesamos con tanta solemnidad al rezar el Credo– no debe quedarse en ideas singulares o actitudes cómodas; se convierte en una manera de vivir que se manifiesta en tres maneras de proceder muy concretas:
«¿Cómo miras la paja que hay en el ojo de tu hermano, y no ves la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: "Deja que saque la paja de tu ojo", teniendo la viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la paja del ojo de tu hermano» (Mt 7, 3-5).
En definitiva, creer realmente en Dios es simplemente dejarse salvar por Él para empezar a amar de verdad. No se trata de un esfuerzo titánico por alcanzar la perfección, sino de abrir las ventanas del alma para que la Luz de Cristo entre y lo transforme todo: dejarse mirar por Él, dejarse perdonar por Él y amar como Él nos ama. Esa es la aventura de la fe que da sentido a nuestra vida.
6. PARA PROFUNDIZAR
Fuentes Bíblicas y Magisterio de la Iglesia
Conferencia Episcopal Española (CEE). (2010). Sagrada Biblia. Versión Oficial de la Conferencia Episcopal Española. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC).
Catecismo de la Iglesia Católica (CIC). Asociación de Editores del Catecismo:
Numerales 150-152 (La naturaleza de la fe como adhesión personal a Dios).
Numerales 153-165 (Características de la fe).
Numerales 176-184 (Síntesis de la fe y dimensión eclesial).
Numerales 678-679 (Cristo, juez de vivos y muertos; el Juicio final y su anticipación en el rechazo de la gracia).
Numerales 1033-1037 (La enseñanza de la Iglesia sobre el infierno como autoexclusión).
Numerales 1730-1742 (Libertad y responsabilidad; libertad y pecado; liberación y salvación; libertad y gracia).
Numeral 2001 (La primacía de la iniciativa divina y la gracia que suscita y sostiene la cooperación humana).
Concilio Vaticano II. (1964). Constitución dogmática sobre la Iglesia: Lumen Gentium. Numeral 12.
Tradición Patrística y Teología Clásica
San Agustín de Hipona. (416). In Iohannis Evangelium Tractatus (Tratados sobre el Evangelio de San Juan). Tratados XII y XXVI: «Inspiración de la triple distinción clásica de la fe» (credere Deum, credere Deo, credere in Deum).
San Agustín de Hipona. (426), De gratia et libero arbitrio, 17,3 (Sobre la aparente contradicción entre la libertad humana y la gracia divina)
San Juan de la Cruz. (1589). Dichos de luz y amor: «Al atardecer de la vida, seremos juzgados en el amor».
Exégesis Bíblica Contemporánea y Teología Espiritual
Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI). (2005). Carta Encíclica: Deus Caritas Est (Dios es amor). San Pablo.
[1] CEE: Conferencia Episcopal Española
CATEQUESIS PROPEDÉUTICAS AL SACRAMENTO DEL BAUTISMO (2)
Formación prebautismal para padres y padrinos
«El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3,5)
1. CUANDO DIOS HABLA CON SIGNOS
El Bautismo dura unos minutos, lo que Dios hace en esos minutos dura toda la eternidad.
Hay celebraciones que emocionan por su belleza, el Bautismo suele ser una de ellas: la iglesia llena de familiares, un bebé en brazos, una vela encendida, unas gotas de agua sobre la cabeza… Pero existe una pregunta que merece ser planteada y respondida: ¿entendemos realmente lo que está ocurriendo?
La liturgia nunca hace gestos vacíos, cada palabra, cada movimiento y cada signo han sido transmitidos por la Iglesia durante siglos para anunciar una realidad invisible: Dios está actuando.
Hoy recorreremos el Bautismo como si camináramos por la iglesia, desde la puerta hasta el altar, descubriendo el lenguaje con el que Dios habla a cada niño que recibe este sacramento.
2. LA PUERTA: NADIE ENTRA POR CASUALIDAD
Curiosamente, el Bautismo no comienza en la pila bautismal, comienza en la puerta. No es un detalle protocolario, es un símbolo profundamente cristiano. Jesús dijo:
«Yo soy la puerta.» (Jn 10,9)
La puerta representa el paso hacia una vida nueva. Allí el sacerdote hace dos preguntas que parecen sencillas, pero que contienen toda una teología.
3. LA CRUZ SOBRE LA FRENTE: YA PERTENECES A CRISTO
El sacerdote traza una cruz sobre la frente del niño. Después invita a padres y padrinos a repetir el gesto. Es un momento muy delicado, la primera marca que recibe el niño es la cruz.
Durante siglos los cristianos han comenzado y terminado el día haciendo esa señal. ¿Por qué? Porque la cruz no recuerda solamente el sufrimiento y la muerte de Jesús, también, y sobre todo, recuerda el amor con el que Cristo venció a la muerte para nuestra salvación. Ojalá ese gesto no quede limitado al Bautismo sino que, por el contrario, acompañe al bautizado durante toda su vida.
Muchos padres recuperan una antigua costumbre cristiana: hacer la señal de la cruz sobre la frente de sus hijos antes de dormir. Es una pequeña catequesis diaria que va calando en su alma.
4. LA PALABRA DE DIOS: ÉL HABLA PRIMERO.
Antes del agua viene la Palabra, ese orden es importante porque Dios siempre toma la iniciativa. Después nosotros respondemos, por eso se proclama el Evangelio.
Uno de los textos más apropiados es el mandato misionero: «Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.» (Mt 28,19). El Bautismo no nació como una tradición inventada por la Iglesia, nace del mandato directo de Cristo resucitado.
5. LOS SANTOS TAMBIÉN ESTÁN PRESENTES
Después llegan las letanías. Algunas personas se sorprenden: «¿Qué hacen aquí tantos santos?» La respuesta es muy sencilla, una familia acaba de recibir un nuevo miembro y toda la familia viene a darle la bienvenida.
La Iglesia no está formada únicamente por quienes estamos en la tierra (Iglesia militante), también participan quienes ya viven junto a Dios (Iglesia triunfante), y por eso invocamos a la Santísima Virgen María, a San José, a los apóstoles y a tantos santos que han recorrido antes el camino de la fe.
6. EL ÓLEO DE LOS CATECÚMENOS: DIOS FORTALECE ANTES DEL COMBATE
Antes del agua aparece el aceite. En la antigüedad los atletas se ungían antes de competir, los guerreros también eran ungidos antes de la batalla. La Iglesia conserva esa imagen, pues la vida cristiana no será siempre fácil, tenemos que estar preparados para entablar la batalla contra el mal.
«Nosotros que somos el día, seamos sobrios, revistiéndonos con la coraza de la fe y del amor, y con el yelmo de la esperanza de la salvación.» (1Tes 5,8)
El Bautismo no elimina las dificultades de la vida de este mundo, pero desde el principio de nuestra vida en Cristo tendremos poderosos aliados –comenzando por Dios y siguiendo por la Santísima Virgen María, los santos, los ángeles, los arcángeles y por toda la corte celestial– que nos darán la fortaleza necesaria para afrontar toda dificultad y tribulación. Por ello, este óleo recuerda que nunca caminaremos solos, y no sólo estaremos acompañados por nuestra familia del cielo, sino que tendremos la certeza de que la batalla final contra el mal está ganada de antemano, si nos mantenemos fieles a Nuestro Señor Jesucristo.
«Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.» (Mt 16, 18)
El sacerdote aplica el aceite –que es puro de oliva, no confundir con el aceite del Santo Crisma, que se utilizará después de haber recibido el agua bautismal– sobre el pecho o en las manos del niño.
7. EL AGUA: TODA LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN DESEMBOCA AQUÍ
Llegamos al centro de la celebración: la pila bautismal.
Pocas son las oraciones del Ritual Romano tan ricas como la bendición del agua. El sacerdote bendice el agua recordando cómo Dios ha utilizado este elemento desde el comienzo del mundo.
(Aunque este aspecto ya ha sido tratado en la catequesis previa, vamos a profundizar un poco más en las cinco grandes aguas de la Biblia.)
La liturgia hace memoria de una historia fascinante:
Después de recordar toda esta historia, el sacerdote pide que el Espíritu Santo descienda sobre el agua, no para que cambie su composición química, sino porque Dios quiere servirse de ella como instrumento de gracia. El agua sigue siendo agua, pero Dios actúa por medio de ella.
8. LAS RENUNCIAS: LA PRIMERA GRAN DECISIÓN DEL CRISTIANO
Antes de proclamar un «creo», la tradición invita primero a pronunciar un «renuncio». Más que una imposición, la fe concibe este paso como un acto de coherencia y liberación: es el gesto de vaciar las manos antes de recibir algo nuevo.
Jesús presenta constantemente dos caminos: luz o tinieblas, vida o muerte, Dios o el diablo. Y el Bautismo implica tomar el camino de luz, vida y salvación eterna. Por eso el sacerdote hace las siguientes preguntas a los padres y padrinos que responden en su propio nombre y en representación del niño, asumiendo el compromiso de educarlo en esa fe:
9. EL SANTO CRISMA: AHORA PARTICIPAS DE LA MISIÓN DE CRISTO
Ahora, a diferencia del aceite de protección, recibido anteriormente, llega la aplicación de otro aceite muy distinto, es el Santo Crisma. Con él eran ungidos los reyes, los sacerdotes, los profetas, y ahora, el niño participa de la misión de Cristo, que reúne esas tres dimensiones.
Al ser ungido con el Santo Crisma en la coronilla, el bautizado queda configurado con Cristo (cuyo nombre significa precisamente «el Ungido») y participa de sus tres funciones o atributos esenciales:
A través de esta unción, la Iglesia expresa que incluso el bebé más pequeño recibe desde ese momento una dignidad plena y una misión única en el mundo.
10. LA VESTIDURA BLANCA: REVESTIDOS DE CRISTO
La vestidura blanca representa el cambio interior y la nueva condición de la persona bautizada:
11. LA VELA: UNA LUZ QUE NECESITA ALIMENTARSE
El cirio encendido (o vela bautismal) simboliza la luz de Cristo resucitado recibida por el bautizado para iluminar su vida.
Después el sacerdote dice unas palabras dirigidas especialmente a padres y padrinos:
—«A vosotros se os confía alimentar esta luz.»
No dice «conservarla», dice «alimentarla»; y esa diferencia cambia todo, la fe es como un fuego que necesita alimento: la oración, la Palabra, los sacramentos…
12. LA BENDICIÓN FINAL: COMIENZA EL VERDADERO CAMINO
La conclusión del rito nos lleva desde la pila bautismal hasta el altar, donde se desarrollan dos momentos clave:
13. CONCLUSIÓN: EL BAUTISMO NO TERMINA EN LA PILA, COMIENZA AL FINALIZAR EL RITO
Cuando las velas se apagan, el agua se seca y las bendiciones finales resuenan en la iglesia, el rito no ha llegado a su fin; en realidad, acaba de comenzar.
El Bautismo no es sólo una hermosa ceremonia familiar ni un trámite de bienvenida. Es la entrega de un tesoro: una semilla de vida divina, una identidad incorruptible como hijo de Dios y una luz que jamás debe extinguirse.
Los signos que hemos recorrido —la renuncia que nos libera, la fe que nos une, la unción del Crisma que nos da dignidad de reyes y el cirio que ilumina la oscuridad— no son meros adornos litúrgicos. Son el mapa de ruta para toda la vida.
A ustedes, padres y padrinos, no se les pide que sean perfectos, sino que sean custodios de este regalo. Cada vez que enseñen a su hijo a perdonar, a servir, a buscar la verdad y a rezar ese Padrenuestro con el que cerramos la celebración, estarán haciendo que su vestidura blanca siga resplandeciendo.
El sacerdote derrama el agua en la pila, pero a ustedes les toca regar esa fe día a día.
14. FUENTES BIBLIOGRÁFICAS
1. Magisterio de la Iglesia Católica