Sevilla, 28 de marzo de 2020
1. Introducción
«La dignidad humana está arraigada en su creación a imagen y semejanza de Dios. Dotada de alma espiritual e inmortal, de inteligencia y de voluntad libre, la persona humana está ordenada a Dios y llamada, con su alma y su cuerpo, a la bienaventuranza eterna» (CCIC, 358).
Este texto del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica trata de varios aspectos relacionados con la naturaleza humana y sus atributos, veamos detenidamente cada uno de ellos.
En primer lugar nos ofrece la visión del hombre como creación de Dios y conformado a su imagen y semejanza. Esto nos indica que, realmente, nuestra naturaleza humana, es también divina y, como tal, todo ser humano lleva implícito en sí mismo el anhelo inherente de volver a su origen, a su creador, a Dios. No en balde, inmediatamente después, el texto nos dice que estamos dotados de alma espiritual e inmortal –algo exclusivo del ser humano en el mundo material– y dotados de inteligencia y voluntad libre, es decir, libre albedrío. Esto tiene que hacernos caer en la cuenta de la necesidad de saber qué hacer para que ese alma espiritual e inmortal no se deteriore o degenere sino, por el contrario, alcance su máximo grado de potencialidad. Pues para ello hemos de contar con la inteligencia, que nos permite ver las cosas desde y a través de la razón y la libre voluntad de hacer. Es entonces cuando surge el problema de la libertad.
2. ¿Qué es la libertad?
Nos dice el CCIC (363) que «La libertad es el poder dado por Dios al hombre de obrar o no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar de este modo por sí mismo acciones deliberadas. La libertad es la característica de los actos propiamente humanos». Pero esto no quiere decir que haciendo uso de esa libertad, las consecuencias de hacer algo o hacer lo contrario sean las mismas. Por ejemplo, una persona puede hacer uso de su libertad para «abrazar» una adicción, sin embargo, aún habiendo usado su libertad para tomar esa decisión, la consecuencia de esa acción «libre» va a ser inexorablemente la «esclavitud» a esa dependencia. Por ello, hemos de entender que el uso de la libertad no siempre nos hace libres, pues tiene dos caminos con metas totalmente contrarias: uno que nos lleva de vuelta a Dios, nuestro creador, impulsados por ese anhelo de satisfacción eterna; y el otro es un camino de apariencia de libertad que esconde una terrible realidad: la esclavitud del pecado.
«En este sentido, la libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida que estos son voluntarios» (CCIC, 364).
3. ¿Qué significa que «la persona está ordenada a Dios y llamada, con su cuerpo y alma a la bienaventuranza eterna»?
Dios ha puesto en nuestro corazón un deseo tan infinito de felicidad que nadie o nada puede saciarlo, sólo Dios mismo. Todas las satisfacciones terrenas nos dan únicamente un anticipo de la felicidad eterna. Pero ¿cómo hacemos en este mundo terrenal para no errar ese camino de vuelta hacia la felicidad? ¿Tiene el Evangelio un camino para alcanzar esa felicidad? Todo el Evangelio es una promesa de felicidad para todas las personas que quieran recorrer el camino de Dios, pero de manera singular lo vemos articulado en las palabras que Jesús enseñó en el sermón de la montaña: las bienaventuranzas. Jesús nos ha dicho que contaremos con una bendición infinita si seguimos su estilo de vida y buscamos la paz con un corazón limpio. Por tanto, se hace urgente que conozcamos y pongamos en práctica las enseñanzas de Jesús contenidas en las bienaventuranzas, pues, como nos dice el Papa Francisco son un «programa de vida cristiana» (la cursiva es el texto del evangelio de Mateo y los corchetes reflexiones personales):
1. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. [Quienes tienen su corazón rebosante de satisfacciones mundanas, no tienen sitio para Dios.]
2. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. [La violencia, en ningún caso es buena compañera de viaje, por ello Jesús nos enseña con su ejemplo que la mansedumbre es el camino.]
3. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. [El mundo edonista en el que vivimos no soporta el dolor y el sufrimiento, pero la enseñanza de nuestro Señor es que el camino del cristiano es el camino de la cruz, pues después del dolor y de las lágrimas vendrá la eterna alegría.]
4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. [En cualquier caso, hemos de luchar incansablemente contra la injusticia, venga de donde venga y afecte a quien afecte.]
5. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. [Misericordioso es quien se apiada de las miserias del otro y le perdona todas sus faltas, si nosotros somos un ejército de perdonados por nuestro Redentor, ¿cómo no vamos a perdonar al prójimo?, ¿en qué pensamos cuando rezamos el Padrenuestro?]
6. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. [Es la purificación de nuestro corazón la que nos permitirá ver a quien anhelamos ver y no vemos por esa falta de «higiene espiritual».]
7. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. [En toda guerra no hay vencedores y vencidos –aunque así nos lo quieran «vender»–, en una guerra todos pierden y por ello, Jesús nos invita a luchar por la paz.]
8. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. [Debemos recordar que vivimos en un mundo que se vende al pecado, y cuando nuestras palabras o acciones exponen la maldad o la mentira de los demás, es causa de irritación en la sociedad, ya que hay un sentimiento de intimidación que trata de apartar la justicia de Dios.]
9. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa [¿Cuántos cristianos están siendo perseguidos por leyes injustas y condenados por denuncias falsas guiadas por el odio al prójimo si no es de mi opinión o religión? Recemos por ellos para que Dios les consuele en lo material y en lo espiritual y les de fortaleza y esperanza eterna.] Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo (Mt 5, 3-12).
«La Bienaventuranzas son el centro de la predicación de Jesús, recogen y perfeccionan las promesas de Dios, hechas a partir de Abraham. Dibujan el rostro de Jesús, y trazan la auténtica vida cristiana, desvelando al hombre el fin último de sus actos: la bienaventuranza eterna» (CCIC, 361). Bajo esta perspectiva, ¿qué es «la bienaventuranza eterna»?
«En Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo hay vida, alegría y comunión sin fin. Ser introducido allí será una felicidad inconcebible e ilimitada para nosotros los hombres (YOUCAT, 285)», en esto consiste la misericordia eterna.
Para conseguir desarrollar este programa de vida cristiano conviene ejercitarse en una serie de conductas que nos ayudan a cumplir con los preceptos divinos, esto es el cultivo de las virtudes.
4. ¿Qué son las virtudes?
«Una virtud es una actitud interior, una disposición estable positiva, una pasión puesta al servicio del bien» (YOUCAT, 299). «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Efectivamente, el cultivo de las virtudes es el camino que nos acerca a la perfección del Padre. Pero esto no podríamos hacerlo sin la gracia de Dios, pues con su ayuda podremos formar en nosotros actitudes firmes para no entregarnos a ninguna pasión desordenada, orientando inequívocamente las potencias del entendimiento y la voluntad hacia la realización del bien. Sin embargo, este planteamiento general puede resultarnos poco práctico, poco concreto para la mentalidad pragmática de nuestras sociedades, por ello, la Iglesia ha clasificado las virtudes en dos categorías: humanas y teologales. Veamos cada una de ellas.
VIRTUDES HUMANAS
«Las virtudes humanas son perfecciones habituales y estables del entendimiento y la voluntad, que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta en conformidad con la fe y la razón» (CCIC, 378). Las principales virtudes humanas son llamadas cardinales, que agrupan a las demás y que constituyen la base de la vida virtuosa: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
Prudencia. La prudencia dispone la razón a discernir lo esencial de lo accidental, en cada circunstancia, a buscar nuestro verdadero bien y a elegir los medios adecuados para alcanzarlo. Es la guía de las demás virtudes, indicándoles su regla y medida.
Justicia. Es la constante y firme voluntad de dar «a cada uno lo suyo». La justicia se esfuerza por la compensación y anhela que los hombres reciban lo que les es debido.
Fortaleza. La fortaleza asegura la firmeza ante las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien, incluso cuando en caso extremo deba sacrificar hasta la propia vida.
Templanza. Modera la atracción de los placeres, asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados.
VIRTUDES TEOLOGALES
Las virtudes teologales son la fe, la esperanza y la caridad, y garantizan la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano.
Fe. Es la virtud por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado y por la que nos vinculamos personalmente a Él. Por la fe, el hombre se abandona libremente a Dios; por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios, ya que «la fe actúa por caridad» (Ga 5,6).
Esperanza. Mediante la esperanza deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como muestra de felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la gracia del Espíritu Santo para merecerla y perseverar hasta el fin de nuestra vida.
Caridad. Mediante la caridad amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios.
5. ¿Qué son los dones del Espíritu Santo?
Son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir las inspiraciones divinas, cuando el hombre abre su corazón al Espíritu. Son siete: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
6. ¿Qué son los frutos del Espíritu Santo?
Son perfecciones plasmadas en nosotros como primicias de la gloria eterna. La Tradición de la Iglesia enumera doce: «caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad» (Ga 5,22-23) [Vulgata].
7. ¿Qué es el pecado?
El pecado es «una palabra, un acto o un deseo contrarios a la Ley eterna» (San Agustín). Es una ofensa a Dios, a quien desobedecemos en vez de responder a su amor.
DIVERSIDAD DE PECADOS
La diversidad de pecados es grande:
- Pueden distinguirse según su objeto, según las virtudes o según a los mandamientos a los que se oponen.
- Pueden referirse directamente a Dios, al prójimo o a nosotros mismos
- Se les puede diferenciar también como pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión.
- Según la gravedad del pecado pueden ser veniales o mortales. Pecado mortal: Se comete pecado mortal cuando se dan a la vez materia grave, plena advertencia y deliberado consentimiento. Este pecado nos priva de la gracia santificante y, a menos que nos arrepintamos, nos conduce a la muerte eterna (infierno). Se perdona mediante el sacramento del Bautismo y mediante el sacramento de la Penitencia. Pecado venial: Se da pecado venial cuando se trata de materia leve; o bien, cuando siendo grave la materia, no se da plena advertencia o perfecto consentimiento. Este tipo de pecado no rompe la alianza con Dios, sin embargo, debilita la caridad, entraña un afecto desordenado a los bienes creados, impide el progreso del alma y merece penas temporales de purificación.
¿QUÉ SON LOS VICIOS?
Son costumbres negativas adquiridas que adormecen y oscurecen la conciencia, abren a los hombres al mal y los predisponen al pecado. Los vicios humanos se encuentran en la cercanía de los pecados capitales: soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula y pereza.
ESTRUCTURAS DEL PECADO
Son situaciones sociales o instituciones contrarias a la ley divina, expresión y efecto de los pecados personales.
LA COMUNIDAD HUMANA
8. ¿En qué consiste la dimensión social del hombre?
Junto a la llamada personal a la bienaventuranza divina, el hombre posee una dimensión social que es parte esencial de su naturaleza y de su vocación.
La persona es y debe ser principio, sujeto y fin de todas las instituciones sociales (familia, comunidad civil). Por ello, una auténtica convivencia humana requiere respetar la justicia y la recta jerarquía de los valores, así como subordinar las dimensiones materiales e instintivas a las interiores y espirituales.
9. Participación en la vida social
Toda sociedad humana necesita de una autoridad legítima que asegure el orden y que contribuya a la realización del bien común. Por bien común se entiende el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a los grupos y a cada uno de sus miembros el logro de la propia satisfacción.
El bien común supone:
- El respeto y la promoción de los derechos fundamentales de la persona
- El desarrollo de los bienes espirituales y temporales de la persona y la sociedad
- La paz
- La seguridad de todos
La realización más completa del bien común se verifica en aquellas comunidades políticas que defienden y promueven el bien de los ciudadanos y de las instituciones intermedias, y el bien universal de la familia humana.
Todos, según el lugar que se ocupa, participamos en la realización del bien común respetando las leyes justas y haciéndose cargo de los sectores en los que tiene responsabilidad personal, como el cuidado de la propia familia y el compromiso en el trabajo.
10. ¿Qué es la justicia social?
Cuando en una sociedad hay respeto por la dignidad y los derechos de la persona, se dice que existe justicia social. Todos los hombres gozan de igual dignidad y derechos fundamentales, en cuanto que, creados a imagen del único Dios y dotados de un misma alma racional, tienen la misma naturaleza y origen, y están llamados a Cristo, único Salvador. Por lo tanto, las desigualdades económicas y sociales inicuas que afectan a millones de seres humanos y que están en total contraste con el Evangelio, son contrarias a la justicia social, a la dignidad de las personas y a la paz.
Dios quiere que cada uno reciba de los demás lo que necesita, y que quien dispone de talento lo comparta con los demás. Estas diferencias alientan a las personas a la magnanimidad, la benevolencia y la solidaridad.
La solidaridad que emana de la fraternidad humana y cristiana se expresa ante todo mediante:
- La justa distribución de bienes
- La equitativa remuneración del trabajo, y en
- El esfuerzo a favor de un orden social más justo
11. Reflexión YOUCAT
«… quien llora sus pasados desatinos da al Cielo gloria y al infierno espanto.»
Lope de Vega
12. Lecturas recomendadas
- SANTA BIBLIA: (Mt 5); (Ga 5).
- COMPENDIO DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA: 357-414
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