Sevilla, 12 de mayo de 2020
1. Introducción
La voluntad de Dios es el amor, que lo amemos a Él y que amemos a nuestros hermanos. Dios nos ha hecho hijos, no esclavos, y el amor de un hijo hacia su padre implica una decisión libre. Para que su voluntad se cumpla “así en la tierra como en el cielo”, Dios cuenta con nosotros pues, aunque no necesite de nosotros.
Esto es lo que Dios quiere. En cierto modo, su voluntad ya no puede ser cumplida sin nosotros. Él no puede salvarnos a pesar de nosotros, no puede obligarnos a aceptar su amor o a amarlo.
Sin embargo, esa Voluntad de Dios sintetizada en el amor a Él y a nuestros semejantes, puede resultarnos una empresa difícil de comprender y, especialmente, de realizar. Por ello, Dios en su infinita paciencia con sus criaturas, a lo largo de toda la Historia de la Salvación ha ido desarrollando Su Pedagogía Divina mediante los profetas y, en especial, con los Mandamientos que diera a Moisés para su cumplimiento por parte del Pueblo de Israel. En esos mandamientos está contenido el código de conducta de todo quien dice seguir la voluntad de Dios.
2. Los 10 Mandamientos
a. ¿Qué son los 10 Mandamientos?
Los 10 Mandamientos –también llamados «Decálogo»– son las «diez palabras» que recogen la Ley dada por Dios al pueblo de Israel durante la Alianza hecha por medio de Moisés (Ex 34,28). El Decálogo presenta los mandamientos del amor a Dios –los tres primeros– y del amor al prójimo –los siete restantes– para mostrar al pueblo elegido y a cada uno en particular, el camino de una vida liberada de la esclavitud del pecado (CCIC, 436).
b. ¿Cómo interpreta Jesús la Ley?
Jesucristo no vino a abolir la ley y los profetas sino a darle plenitud. Al joven que le pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?», Jesús le responde: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» y después añade: «Ven y sígueme» (Mt 19,16). Y en otro momento: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley (Mt 5,17-18)». Sin embargo, Jesús interpreta la Ley a la luz del doble y único mandamiento de la caridad, que es su plenitud: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22, 37-40).
«La Ley no es abolida. Por el contrario, el hombre es invitado a encontrarla en la persona del divino Maestro, que la realiza perfectamente en sí mismo, revela su pleno significado y atestigua su perennidad» (CCIC, 434).
c. ¿Pero estos mandatos no son una cosa del pasado, qué tiene que ver con la Iglesia Católica? En absoluto están condicionados por el tiempo, pues en ellos se expresan los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, son inmutables y valen siempre y en todas partes (YOUCAT, 351). Es más, se podría decir que en ellos se sustenta la moral cristiana sobre la que, a su vez, se ha levantado la civilización occidental, a pesar de la crisis moral en la que estamos inmersos actualmente. Por lo tanto, la Iglesia Católica, fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, reconoce en el Decálogo una importancia y un significado fundamentales. Por lo que obliga gravemente porque enuncia los deberes fundamentales del hombre para con Dios y para con el prójimo (CCIC, 440) y no sólo eso, sino que obliga gravemente, nadie puede quedar dispensado de su cumplimiento.
d. ¿Es posible cumplir el Decálogo? Aparentemente podríamos afirmar que no, pues «el Espíritu está pronto pero la carne es débil» (Mc 14,38b). Sin embargo, Cristo, sin el cual nada podemos hacer, nos hace capaces de ello con el don del Espíritu Santo y de la gracia.
3. Mandamientos del amor a Dios
Los Mandamientos referidos al amor que manifestamos a Dios son los tres primeros, a saber:
I. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
El enunciado del primer mandamiento, sintetiza el contenido de varios textos del Antiguo Testamento, concretamente del Éxodo y del Deuteronomio (ver documento). Veamos su significado.
a. «Yo soy el Señor, tu Dios» (Ex 20,2). Puesto que el Todopoderoso se nos ha mostrado como nuestro Dios y Señor, no debemos poner nada por encima de Él, no considerar nada más importante ni conceder a ninguna otra cosa o persona prioridad sobre Él. Conocer a Dios, servirle, adorarlo es la prioridad absoluta en la vida (CIC 2083-2094, 2133-2134).
b. «No habrá para ti otros dioses delante de mí» (Ex 20,3) ¿Cómo debemos entender este mandato? Fundamentalmente como una prohibición articulada en los siguientes términos. En concreto este mandamiento prohíbe:
– El POLITEÍSMO y la IDOLATRÍA que diviniza a una criatura, el poder, el dinero, incluso el demonio.
– La SUPERSTICIÓN, que es una desviación del culto debido al Dios verdadero, y que se expresa también bajo las formas de adivinación, brujería y espiritismo.
– La IRRELIGIÓN, que se manifiesta en tentar a Dios con palabras o hechos; en el sacrilegio, que profana a las personas y las cosas sagradas, sobre todo la Eucaristía; en la simonía, que intenta comprar o vender realidades espirituales.
– El ATEÍSMO, que rechaza la existencia de Dios, apoyándose frecuentemente en una falsa autonomía; el agnosticismo, según el cual, nada se puede saber sobre Dios, y que abarca el indiferentismo y el ateísmo práctico.
c. «No te harás escultura ni imagen alguna…» ¿Este texto prohíbe el culto a las imágenes? Este mandato en el Antiguo Testamento prohibía representar a Dios, absolutamente trascendente. A partir de la Encarnación del Verbo, el culto cristiano a las sagradas imágenes está justificado (II Concilio de Nicea, año 787), porque se fundamenta en el Misterio del Hijo de Dios hecho hombre, en el cual, el Dios trascendente se hace visible. No se trata de una adoración a la imagen, sino de una veneración de quien en ella se representa: Cristo, la Virgen, los ángeles y los santos (CCIC, 446).
II. No tomarás el nombre de Dios en vano.
a. ¿Cómo se puede respetar el nombre de Dios? Respetando Su Nombre, invocándole, bendiciéndole, alabándole y glorificándole. Ha de evitarse, por tanto, el abuso de apelar al Nombre de Dios para justificar un crimen, y todo uso inconveniente de Su Nombre como la blasfemia, que por su propia naturaleza es un pecado grave; la imprecación (maldición o expresión que manifieste el deseo de que una persona reciba un daño o sufrimiento) y la infidelidad a las promesas hechas en nombre de Dios (CCIC, 447).
b. ¿Por qué está prohibido jurar en falso? Porque supone invocar en una causa a Dios, que es la Verdad misma, como testigo de una mentira (CCIC, 448).
c. ¿Qué es el perjurio? Es hacer, bajo juramento, una promesa con intención de no cumplirla, o bien violar la promesa hecha bajo juramento. Es un pecado grave contra Dios, que siempre es fiel a sus promesas (CCIC, 449)
III. Santificarás las fiestas.
En el Antiguo Testamento, Dios establece como día de la semana a santificar el sábado: «Recuerda el día sábado para santificarlo» (Ex 20,8). Dios ha bendecido el sábado y lo ha declarado sagrado, porque en ese día se hace memoria del descanso de Dios, el séptimo día de la Creación, así como de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto y de la Alianza que Dios hizo con su pueblo.
Sin embargo, para los cristianos, el sábado ha sido sustituido por el domingo porque éste es el día de la Resurrección de Cristo. Es el primero de todos los días y de todas las fiestas: el día del Señor en el que Jesús, con su Pascua, lleva a cumplimiento la verdad espiritual del sábado judío y anuncia el descanso eterno del hombre.
Pero ¿cómo se santifica el domingo? Tanto el domingo como las fiestas de precepto todo cristiano las santifica participando en la Eucaristía del Señor y absteniéndose de las actividades que impidan rendir culto a Dios o perturben la alegría propia del día del Señor o el descanso necesario del alma y del cuerpo (CCIC, 453).
4. Reflexión YOUCAT
«Sea el Señor alabado, que me libró de mí.»
Santa Teresa de Jesús
(1515 Ávila – 1582 Alba de Tormes)
5. Lecturas recomendadas
- SANTA BIBLIA: (Ex 20); (Ex 34); (Mt 5); (Mc 14)
- COMPENDIO DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA: 434-454
- YOUCAT: 348-366
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