Sevilla, 3 de junio de 2020
1. El «Padrenuestro» (CCIC 578-581)
Jesús nos enseñó esta insustituible oración cristiana, el Padrenuestro, un día en el que un discípulo, al verle orar, le rogó: «Maestro, enséñanos a orar» (Lc 11,1).
a. ¿Qué lugar ocupa el Padrenuestro en las Escrituras?
El Padrenuestro es «el resumen de todo el Evangelio» (Tertuliano); «es la más perfecta de todas las oraciones» (Santo Tomás de Aquino). Situado en el centro del Sermón de la Montaña (Mt 5-7), recoge en forma de oración el contenido esencial del Evangelio.
b. ¿Por qué se le llama «la oración del Señor»?
Al Padrenuestro se le llama «Oración dominical», es decir «la oración del Señor», porque nos la enseñó el mismo Jesús, nuestro Señor.
c. ¿Qué lugar ocupa el Padrenuestro en la oración de la Iglesia?
Oración por excelencia de la Iglesia, el Padrenuestro es «entregado» en el Bautismo, para manifestar el nacimiento nuevo a la vida divina de los hijos de Dios. La Eucaristía revela el sentido pleno del Padrenuestro, puesto que sus peticiones, fundándose en el misterio de la salvación ya realizado, serán plenamente atendidas con la Segunda venida del Señor. El Padrenuestro es parte integrante de la Liturgia de las Horas.
2. Nos atrevemos a decir…
Durante la celebración de la Santa Misa, en la Liturgia Eucarística y coincidiendo con el Rito Eucarístico, el sacerdote –para introducir la oración del Padrenuestro– pronuncia la siguiente frase: «Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir: “Padre nuestro que estás en el cielo…”».
¿Y qué tiene eso de particular?, me podríais objetar. Pues bien, ocurre con cierta frecuencia que de tanto oír y repetir frases, oraciones o sentencias nos quedamos en la pura fonética, sin profundizar en su semántica, es decir, en su significado. Y esta frase es un ejemplo de ello, pues estamos más que familiarizados con ella ya que se repite en cada celebración de la Santa Misa.
Lo que tiene de particular es que es una frase que introduce a un diálogo con Dios tremendamente audaz y por ello las palabras: «nos atrevemos a decir», quizás debieran ser las responsables de hacernos meditar en la tremenda trascendencia que supone la oración del Padrenuestro.
3. Las siete peticiones
La estructura de la oración del Señor contiene una invocación de entrada –«Padre nuestro que estás en el cielo»–, siete peticiones a Dios Padre y un refrendo final –«Amén».
De las siete peticiones, las tres primeras, más teologales, nos atraen hacia Él, para su gloria, pues lo propio del amor es pensar primeramente en Aquel que amamos. Estas tres súplicas sugieren lo que, en particular, debemos pedirle: la santificación de su Nombre, la venida de su Reino y la realización de su voluntad. Las cuatro últimas peticiones presentan al Padre de misericordia nuestras miserias y nuestras esperanzas: le piden que nos alimente, que nos perdone, que nos defienda ante la tentación y nos libre del Maligno.
a. INVOCACIÓN DE ENTRADA (1): Padre nuestro... (CCIC 583-584)
Nos atrevemos a invocar a Dios como «Padre», porque el Hijo de Dios hecho hombre nos lo ha revelado, y su Espíritu nos lo hace conocer. La invocación del Padre nos hace entrar en su misterio con asombro siempre nuevo, y despierta en nosotros el deseo de un comportamiento filial. Por consiguiente, con la oración del Señor, somos conscientes de ser hijos del Padre en el Hijo.
«Nuestro» expresa una relación con Dios totalmente nueva. Cuando oramos al Padre, lo adoramos y lo glorificamos con el Hijo y el Espíritu. En Cristo, nosotros somos su pueblo, y Él es nuestro Dios, ahora y por siempre. Decimos, de hecho, Padre «nuestro», porque la Iglesia de Cristo es la comunión de una multitud de hermanos, que tienen «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32).
b. INVOCACIÓN DE ENTRADA (2): «…que estás en el cielo…» (CCIC 586)
La expresión bíblica «cielo» no indica un lugar sino un modo de ser: Dios está más allá y por encima de todo; la expresión designa la majestad, la santidad de Dios, y también su presencia en el corazón de los justos. El cielo, o la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia la que tendemos en la esperanza, mientras nos encontramos aún en la tierra. Vivimos ya en esta patria, donde nuestra «vida está oculta con Cristo en Dios» (Col 3,3).
c. 1ª PETICIÓN: «…santificado sea tu Nombre;» (CCIC 588-589)
Santificar el Nombre de Dios es, ante todo, una alabanza que reconoce a Dios como Santo. En efecto, Dios ha revelado su santo Nombre a Moisés, y ha querido que su pueblo le fuese consagrado como una nación santa en la que Él habita.
En el mundo en que vivimos, santificar el Nombre de Dios, que «nos llama a la santidad» (1Ts 4,7), es desear que la consagración bautismal vivifique toda nuestra vida. Asimismo, es pedir que, con nuestra vida y nuestra oración, el Nombre de Dios sea conocido y bendecido por todos los hombres.
d. 2ª PETICIÓN: «… venga a nosotros tu Reino;» (CCIC590)
La Iglesia invoca la venida final del Reino de Dios, mediante el retorno de Cristo en la gloria. Pero la Iglesia ora también para que el Reino de Dios crezca aquí ya desde ahora, gracias a la santificación de los hombres en el Espíritu y al compromiso de éstos al servicio de la justicia y de la paz, según las Bienaventuranzas. Esta petición es el grito del Espíritu y de la Esposa: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20).
e. 3ª PETICIÓN: «…hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.» (CCIC 591)
La voluntad del Padre es que «todos los hombres se salven» (1Tm 2,4). Para esto ha venido Jesús: para cumplir perfectamente la Voluntad salvífica del Padre. Nosotros pedimos a Dios Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo, a ejemplo de María Santísima y de los santos. Le pedimos que su benevolente designio se realice plenamente sobre la tierra, como se ha realizado en el cielo. Por la oración, podemos «distinguir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12,2), y obtener «constancia para cumplirla» (Hb 10, 36).
f. 4ª PETICIÓN: «Danos hoy nuestro pan de cada día;» (CCIC 592-593)
Al pedir a Dios, con el confiado abandono de los hijos, el alimento cotidiano necesario a cada cual para su subsistencia, reconocemos hasta qué punto Dios Padre es bueno, más allá de toda bondad. Le pedimos también la gracia de saber obrar, de modo que la justicia y la solidaridad permitan que la abundancia de los unos cubra las necesidades de los otros.
Pero ¿cuál es el sentido específicamente cristiano de esta petición? Puesto que «no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4), la petición sobre el pan cotidiano se refiere igualmente al hambre de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo, recibido en la Eucaristía, así como al hambre del Espíritu Santo. Lo pedimos, con una confianza absoluta, para hoy, el hoy de Dios: y esto se nos concede, sobre todo, en la Eucaristía, que anticipa el banquete del Reino venidero.
g. 5ª PETICIÓN: «… perdona nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden;» (CCIC 594-595)
Al pedir a Dios Padre que nos perdone, nos reconocemos ante Él pecadores; pero confesamos, al mismo tiempo, su misericordia, porque, en su Hijo y mediante los sacramentos, «obtenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col 1,14). Ahora bien, nuestra petición será atendida a condición de que nosotros, antes, hayamos, por nuestra parte, perdonado.
La misericordia penetra en nuestros corazones solamente si también nosotros sabemos perdonar, incluso a nuestros enemigos. Aunque para el hombre parece imposible cumplir con esta exigencia, el corazón que se entrega al Espíritu Santo puede, a ejemplo de Cristo, amar hasta el extremo de la caridad, cambiar la herida en compasión, transformar la ofensa en intercesión. El perdón participa de la misericordia divina, y es una cumbre de la oración cristiana.
h. 6ª PETICIÓN: «…no nos dejes caer en la tentación…» (CCIC 596)
Pedimos a Dios Padre que no nos deje solos y a merced de la tentación. Pedimos al Espíritu saber discernir, por una parte, entre la prueba, que nos hace crecer en el bien, y la tentación, que conduce al pecado y a la muerte; y, por otra parte, entre ser tentado y consentir en la tentación. Esta petición nos une a Jesús, que ha vencido la tentación con su oración. Pedimos la gracia de la vigilancia y de la perseverancia final.
i. 7ª PETICIÓN: «…y líbranos del mal.» (CCIC 597)
El mal designa la persona de Satanás, que se opone a Dios y que es «el seductor del mundo entero» (Ap 12,9). La victoria sobre el diablo ya fue alcanzada por Cristo; pero nosotros oramos a fin de que la familia humana sea liberada de Satanás y de sus obras. Pedimos también el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo, que nos librará definitivamente del Maligno.
j. REFRENDO FINAL: «Amén»
¿Por qué concluye la oración con el término «Amén»?
«Después, terminada la oración, dices: Amén, refrendando por medio de este Amén, que significa “Así sea”, lo que contiene la oración que Dios nos enseñó» (San Cirilo de Jerusalén).
4. Reflexión YOUCAT
«Dios nunca cesa de ser Padre de sus hijos.»
San Antonio de Padua
(1195-1231, franciscano)
5. Lecturas recomendadas
- SANTA BIBLIA: (Lc 11,1); (Mt 5-7); (Hch 4,32); (Col 3,3); » (1Ts 4, 7); » (Ap 22,20); (1Tm 2,4); (Rm 12,2); (Hb 10, 36); (Mt 4,4); (Col 1,14); (Ap 12,9);
- COMPENDIO DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA: 578-598
- YOUCAT: 511-527
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