sábado, 28 de septiembre de 2019

27. Los Novísimos

 Sevilla, 14 de marzo de 2026


1. Qué son los «Novísimos»

Se llama «Novísimos», en el ámbito de la Doctrina Católica, a las realidades últimas que acaecerán al hombre al concluir su vida: la muerte, el juicio particular, el destino eterno –cielo, purgatorio o infierno–.


2. Cuál es su procedencia

La palabra «novísimos» proviene del latín novissima, que significa «las cosas últimas» o «las últimas realidades». Este término aparece en la tradición teológica medieval y se inspira directamente en un pasaje de la Biblia, concretamente del Libro del Eclesiástico (también llamado Sirácida) capítulo 7, versículo 36, donde se puede leer:

«In omnibus operibus tuis memorare novissima tua, et in aeternun non peccabis.» (Vulgata)

Cuya traducción aproximada es:

«En todas tus acciones recuerda tus postrimerías (novísimos) y nunca pecarás.» 

A partir de este versículo, la teología cristiana comenzó a usar el término «novissima» para referirse a las últimas realidades del destino humano. Durante la Teología Escolástica (ss. XII-XIV) autores como Santo Tomás de Aquino sistematizaron la reflexión sobre el destino final del ser humano dentro de la rama de la Teología llamada escatología.

3. Los cuatro novísimos tradicionales

En la catequesis clásica los novísimos son cuatro:
  • MUERTE: fin de la vida terrena.
  • JUICIO PARTICULAR: encuentro con Dios para rendir cuentas.
  • CIELO (Gloria/Paraíso): comunión eterna con Dios.
  • INFIERNO: condenación eterna para quien rechaza definitivamente a Dios.
A veces también se menciona el PURGATORIO dentro de la reflexión escatológica, aunque no forma parte del esquema clásico de «los cuatro novísimos».

4. Los novísimos en el Catecismo

Veamos resumida y esquemáticamente lo que el Catecismo de la Iglesia Católica dice al respecto de cada uno de los novísimos

a. Muerte (nn. 1005-1019)

El Catecismo enseña que la muerte es el fin de la vida terrena y «salario del pecado», pero para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su Resurrección. Así la muerte adquiere un nuevo sentido:
  • Por la Muerte y Resurrección de Jesucristo Nuestro Señor, la muerte ha sido vencida.
  • Para el cristiano, morir significa pasar a la vida eterna y unirse con Dios: «La vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo» (MR, Prefacio de difuntos)
  • La Iglesia invita a prepararse para la muerte con esperanza, confianza en Dios y vida sacramental pidiendo a la Madre de Dios que interceda por nosotros «en la hora de nuestra muerte» (Ave María), y a confiarnos a San José, patrono de la buena muerte.

b. El juicio particular (nn. 1021-1022)

La muerte pone fin a la vida del ser humano como tiempo ofrecido para la aceptación o rechazo de la gracia divina, manifestada en Cristo.

El Nuevo Testamento, además de hablar del Juicio Final, también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe.

Cada persona, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular cuyo veredicto dictamina:

  • Para los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, la entrada inmediata en la bienaventuranza del Cielo, donde vivirán para siempre con Cristo.
  • Para los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación en el Purgatorio, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo.
  • Para los que mueren en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, lo que significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección, conlleva la condenación inmediata para toda la eternidad en el Infierno.

c. Cielo (nn. 1023-1029)

Todos aquellos que mueren en gracia de Dios y no tienen necesidad de posterior purificación, son reunidos en torno a Jesús, a María, a los ángeles y a los santos, formando así la Iglesia del Cielo –la Iglesia Triunfante–, donde ven a Dios «cara a cara» (1Co 13,12), viven en comunión de amor con la Santísima Trinidad.

Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están con Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Co 2,9).

d. Infierno (nn. 1033-1037)

Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra «Infierno».

Jesús habla con frecuencia de la «gehenna» y del «fuego que nunca se apaga» (Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48), reservado a los que hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (Mt 10,28). Jesús anuncia en términos graves que «enviará a sus ángeles que recogerán a todos los autores de iniquidad..., y los arrojarán al horno ardiendo» (Mt 13,41-42), y que pronunciará la condenación: «¡Alejaos de Mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles!» (Mt 25,41).

Dios no predestina a nadie a ir al infierno, para que eso suceda es necesario una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final.

La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien solamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las cuales ha sido creado y a las cuales aspira.

La Iglesia ruega para que nadie se pierda: «Jamás permitas, Señor, que me separe de Tí», si bien es verdad que nadie puede salvarse a sí mismo, también es cierto que «Dios quiere que todos los hombres se salven» (1Tm 2,4).

5. Reflexión catequética sobre los novísimos

Cuando la Iglesia nos recuerda los novísimos, no lo hace para asustarnos, ni para llenar el corazón de temor, sino para iluminar nuestra vida presente. Una vida, muchas veces, llena de ruido, de preocupaciones banales, de sueños meramente terrenales, de fantasías, inquietudes, miedos, alegrías fatuas..., oscurecida con frecuencia por nuestro egoísmo y el olvido de Dios en ella. Por eso, hablar, pensar, reflexionar sobre las realidades últimas de nuestra existencia nos ayuda a descubrir nuestra verdadera realidad: nuestra relación con nosotros mismos, nuestra relación con Dios y nuestra relación con el prójimo. Y éste es el primer paso para iniciar un camino de conversión que nos aleje de esa vida hueca y vacía que tantas veces nos propone el mundo con su mundanidad.

a. Muerte

La primera de esas realidades, como ya hemos visto, es la muerte. En la sociedad fluida en la que vivimos, se nos han impuesto de manera subrepticia una series de tabúes, y uno de ellos es la muerte, de la que mejor no mencionar y menos reflexionar sobre ella porque cuando uno reflexiona sobre esta única certeza del ser humano, hay muchas posibilidades de conversión, algo que ni el demonio ni el mundo están dispuestos a conceder. Por eso, aunque muchas veces tratamos de apartarla de nuestro pensamiento, la muerte forma parte inevitable de nuestra condición humana. Recordarla no es caer en pesimismo, sino aprender a vivir con coherencia a las leyes naturales y a las leyes divinas, pues nuestra vida es un camino hacia Dios. Quien recuerda que su vida es limitada aprende a valorar cada día como un don de Dios, a ordenar su corazón y a dirigir sus pasos hacia aquello que verdaderamente permanece. Así, la memoria de la muerte no oscurece nuestras vidas sino que las ilumina, porque nos invita a vivir de tal manera que cuando llegue ese momento definitivo, podamos encontrarnos con Dios con el corazón preparado

b. Juicio particular

Inmediatamente después de la muerte acontece el juicio particular. Es el momento decisivo de nuestras vidas donde cada persona se encontrará con la verdad de su propia existencia. No será un examen frío, sino un encuentro con el amor de Dios que nos mostrará cuánto hemos amado y cuánto hemos rechazado amar. Pensar en ese momento nos ayuda a preguntarnos cada día: ¿estoy viviendo según el Evangelio?, ¿mi vida refleja el amor de Dios?, ¿verdaderamente amo a Dios y a mi prójimo? La interprelación de estas preguntas nos impide permanecer en un estado de tibieza, o se toma el camino de la conversión o se toma el camino de la perdición.

c. Cielo

Es la comunión plena con Dios, la felicidad sin fin, el cumplimiento de todos los anhelos del corazón humano. Allí veremos a Dios cara a cara, participaremos para siempre de su vida y de su amor. Esta esperanza nos recuerda que fuimos creados para algo infinitamente más grande que los placeres efímeros de este mundo y que nuestra vocación es la santidad. Por ello, todas las dificultades, tribulaciones, amarguras y sufrimientos que hayamos tenido que padecer en la vida terrenal, vividos para la gloria de Dios, serán una insignificancia ante la infinita generosidad de Dios nuestro Señor.

d. Infierno

Pero también hay otra realidad muy distinta del Cielo: el Infierno, que es la separación eterna de Dios. No se trata de un castigo arbitrario, sino la consecuencia de rechazar definitivamente el amor de Dios. Esta realidad nos invita a tomarnos muy en serio nuestra libertad y nuestras decisiones de cada día, de cada momento, pues todo lo que pensamos, decimos, hacemos o dejamos de hacer tiene consecuencias. Y, como hemos visto, esas consecuencias pueden conducirnos a la comunión eterna con Dios o a alejarnos definitivamente y por toda la eternidad de Él. Dicho de otra manera, en nuestra vida estamos llamados a elegir: o elegimos a Dios y su amor, o lo rechazamos y nos echamos en brazos del diablo, no hay término medio cuando se trata del destino eterno de nuestra alma.

(e). Purgatorio

Aunque tradicionalmente el Purgatorio no está incluido en los novísimos, la Iglesia también habla de esta realidad última. Se trata, como ya hemos visto brevemente, de la purificación final para quienes mueren en amistad con Dios, es decir, en estado de gracia o, lo que es lo mismo, sin pecado mortal, pero todavía necesitan ser purificados. Esta realidad nos recuerda que Dios es infinitamente misericordioso y que nuestras vidas necesitan una verdadera conversión y purificación del corazón: todo lo que podamos purificar en esta vida mortal, podremos descontarlo de la purificación final.


Pensar en estas realidades nos ayuda a vivir con mayor claridad. Si recordamos que nuestra vida está destinada a la eternidad, comprenderemos que cada día cuenta, cada decisión tiene un valor y cada acto de amor tiene un peso eterno. Por eso, la enseñanza de los novísimos es en realidad una llamada a la santidad. Nos invita a vivir en amistad con Dios, a alejarnos del pecado, a buscar la gracia en los sacramentos, a amar al prójimo y a orientar nuestra vida hacia el encuentro con el Señor.

Recordar las «últimas cosas» nos enseña, en el fondo, a vivir mejor las primeras: amar más y mejor, confiar más en Dios y caminar cada día hacia la plenitud de la vida que Él nos promete. Porque quien vive mirando al cielo, aprende también a vivir santamente en la tierra.

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