lunes, 21 de septiembre de 2026

30. ¿Creo realmente en Dios?

¿Qué implica «creer» a la luz del Evangelio de san Juan?


Texto de referencia (CEE[1]):
«Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios» (Jn 3, 17-18).


1. INTRODUCCIÓN: El drama de la fe en el siglo XXI


El texto de Juan es muy esperanzador y muy duro al mismo tiempo. Esta esperanza y esta dureza penden de una palabra que sobrevuela el pasaje con insistencia: «creer», pues «el que cree en él no será juzgado» –palabras para la esperanza–, pero «el que no cree ya está juzgado» –palabras que nos interpelan la conciencia–. Por lo tanto, es necesario hacer un estudio sereno y profundo sobre las implicaciones reales de este término, para no llevar a engaño a nadie: ni a los que dicen creer, ni a los que dicen no creer.


Hoy en día, la palabra «creer» ha perdido fuerza y significado. Decimos «creo que va a llover» o «creo que esa es la respuesta», usándola como sinónimo de duda, suposición o mera opinión intelectual. Para muchos bautizados, la fe se ha deslizado hacia ese mismo terreno: un asentimiento tibio a una lista de verdades abstractas o a un código de normas morales.


Pensemos en lo que ocurre cada domingo: en la Santa Misa, entre la homilía y las preces, la asamblea se pone de pie para confesar públicamente que creemos en cosas asombrosas como en un Dios Todopoderoso, en su Hijo nacido de una virgen y que después de morir resucitó, creemos en el Espíritu Santo, en la Iglesia, en la vida eterna... Pero, ¿nos hemos parado a pensar alguna vez si realmente creemos en todo eso, o si sólo lo repetimos mecánicamente, por pura inercia?


Frente a esta tibieza, el Evangelio de Juan nos sitúa ante un escenario radicalmente distinto y luminoso. Ante la oferta de salvación que Dios nos hace en su Hijo, creer no es solamente confiar en una persona, ni tampoco aceptar intelectualmente unas verdades: es adherirse personalmente a Dios que se revela y, al mismo tiempo, asentir libremente a la verdad que Él nos ha revelado.


2. DESCUBRIR EL VERDADERO ROSTRO DE DIOS


«Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo...» (Jn 3,17)


Para entender qué significa creer, primero necesitamos revisar profundamente en quién creemos. Jesús pronuncia estas palabras en el contexto de su diálogo nocturno con Nicodemo (cf.
Jn 3), un maestro de la Ley sincero pero atrapado en un sistema religioso que, como muchos en su época –y en la nuestra–, concebía la relación con Dios desde el mérito, el estricto cumplimiento y el temor latente al castigo.


2.1. La demolición de la idea del «Dios fiscalizador».
Por inercia cultural y herida espiritual, el ser humano tiende de forma natural a proyectar un Dios policía o justiciero: un tribunal celestial permanente que vigila cada paso, anota cada caída y espera el momento del error para dictar sentencia. El versículo 17 del Evangelio de san Juan desmonta radicalmente por completo esta falsa imagen. Jesús revela que el motor íntimo que mueve la Encarnación y la Cruz no es la indignación divina ante el pecado y los pecadores, sino un deseo entrañable y apasionado de salvación; es el Amor desbordante de Dios. Dios no se acerca a la humanidad con la balanza de la justicia punitiva en la mano, sino con los brazos abiertos de la misericordia. Su mirada sobre el mundo herido no es de condena, sino de compasión infinita. Pero en esta relación entre Dios y el hombre, lo que define el destino de cada ser humano es su libertad de aceptar o rechazar esta propuesta de amor y salvación.


2.2. La primacía de la gracia: la iniciativa siempre es de Dios.
Esta revolución en la forma de ver o intuir el rostro de Dios cambia radicalmente la dinámica de la fe: nosotros no nos salvamos buscando a Dios; es Él quien nos ha buscado primero. Creer, por tanto, implica antes que nada ¡dejarse amar y dejarse rescatar! Es la humilde y liberadora aceptación de que no podemos salvarnos a nosotros mismos mediante nuestras propias fuerzas, sacrificios o voluntarismos espirituales. Pretender ganarnos el cielo por méritos propios es seguir atrapados en la lógica del «Dios fiscalizador». La salvación no es un trofeo que se conquista, sino un don totalmente gratuito que se acoge con la gratitud y la asombrosa sencillez de un niño.

 


3. ENTONCES, ¿EN QUÉ CONSISTE EL «VERDADERO CREER»?


«El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado...» (Jn 3,18a)


En el Evangelio de san Juan, «creer en Jesús» expresa mucho más que admitir racionalmente su existencia. Significa unirse íntimamente a su persona, acoger su palabra, confiar en Él y entregarse a Él. La fe introduce así al creyente en una relación viva con Cristo que transforma progresivamente todo su ser.

3.1. Creer en «El Nombre»

En la revelación bíblica, el nombre trasciende con creces la función de una etiqueta distintiva o un recurso administrativo: condensa y manifiesta la esencia misma de la persona.
  • Identificación existencial: Creer en el Nombre del Unigénito significa identificarse con su persona, asumiendo su mentalidad, sus criterios y sus valores como propios.
  • Asimilación práctica: Exige escuchar activamente, asimilar y poner en práctica sus enseñanzas en el entramado de la vida cotidiana.

  • Confianza e imitación: Implica confiar plenamente en sus promesas y buscar de forma permanente su imitación, tomándolo como el modelo definitivo de vida y de santidad.

En definitiva, en el lenguaje bíblico no se cree en una noción abstracta, sino que se deposita la confianza en alguien, permitiendo que su presencia actúe como principio vital y brújula de la propia existencia.


3.2. La Fe como «relación esponsal»

Esta dinámica de entrega encuentra una formulación magistral en la distinción que San Agustín establecía entre tres formas de relacionarnos con Dios a través del verbo creer (credere):
  • Credere Deum («Creer en todo lo referente a Dios»). Significa aceptar con la mente las verdades sobre Dios. Es un conocimiento real, pero incompleto: como recuerda la tradición, incluso los demonios saben perfectamente que Dios existe y es poderoso, pero lo conocen sin amor y sin entrega a Él.

  • Credere Deo («Creer en Dios como el que revela»). Consiste en otorgar crédito a su palabra y a su autoridad moral, reconociendo que lo que Él revela es verdaderamente fidedigno y digno de confianza.

  • Credere in Deum («Tender hacia Dios mediante la fe y la caridad»). Es el verdadero umbral de la fe cristiana. Gramaticalmente, la preposición in indica movimiento y destino; teológicamente significa volverse hacia Dios mediante la caridad: amarle, caminar hacia Él, unirse a Él y formar parte de su Cuerpo.

"Creer" entraña, pues, una doble referencia: a la persona y a la verdad; a la verdad por confianza en la persona que la atestigua (CIC 177).

Al llegar a este punto, la fe como adhesión a Dios puede llegar a expresarse, en el lenguaje de la tradición espiritual, como una entrega esponsal: el creyente no solamente sabe algo acerca de Dios, sino que se entrega a Él y permite que Él transforme su existencia.

3.3. Creer con la Iglesia

La fe cristiana nunca es un acto puramente individual. Creemos en Cristo dentro de la Iglesia y recibimos de ella la fe que los Apóstoles transmitieron. Por eso, cuando el cristiano dice «creo», no está estableciendo una relación privada con Dios, sino que se une al «creemos» de toda la Iglesia. Como enseña el Catecismo, «la fe es una acto eclesial» (CIC 181). La Iglesia es nuestra madre en la fe: ella anuncia la Palabra, celebra sacramentos y nos introduce en la vida de Cristo.

3.4. La fe actúa por la caridad

Esta frase, inspirada en la carta de san Pablo a los Gálatas («la fe que actúa por el amor», Gal 5, 6), resume el corazón de la vida cristiana: la fe es una fuerza viva que se expresa necesariamente en las obras. La fe es la raíz y la caridad (el amor) es el fruto. Una fe sin obras o sin amor es considerada «muerta», porque el auténtico encuentro con Dios se desborda, en primer lugar, hacia Él mismo (en adoración, alabanza y comunión de amor), y desde ahí –como un cauce que continúa— se desborda necesariamente en amor al prójimo.

El amor pone la fe en movimiento. No se trata de cumplir normas por obligación, sino de permitir que el amor de Dios que hemos acogido por la fe se traduzca en servicio, compasión y entrega real hacia los demás.


4. EL MISTERIO DEL JUICIO FINAL Y SU ANTICIPACIÓN EN LA VIDA PRESENTE

«...porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios» (Jn 3,18b)

El juicio definitivo tendrá lugar al final de los tiempos. Sin embargo, su realidad comienza a anticiparse ya en esta vida: ante Cristo, que es la Luz, el hombre toma posición mediante la aceptación o el rechazo de la gracia en esta vida, el hombre «se juzga ya a sí mismo», es retribuido por sus propias obras  y puede incluso llegar a condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (CIC 679).


4.1. El juicio no es un castigo, es la revelación de la verdad de nuestra alma


Cristo vino a salvar y no a condenar. Dios no desea la condenación del hombre, sino su salvación. Jesucristo ha venido para salvar y ofrecer la vida. Sin embargo, al entrar en contacto con la Luz del mundo que es Cristo, quedamos al descubierto en nuestra más profunda verdad. El juicio es como encender de golpe una bombilla en una habitación que ha permanecido a oscuras y cerrada durante años: la luz no produce el desorden ni la suciedad, simplemente se limita a manifestarlo tal y como es. Ante el sublime e infinito amor de Dios, cada uno toma postura.


4.2. La paradoja trágica de la libertad: la autoexclusión


El ser humano posee el asombroso y a la vez terrible poder de decirle «no» a Dios. Quien opta por no creer, experimenta en su propia carne la condena de la autosuficiencia. No es Dios quien le aparta de su presencia; es la persona quien puede rechazar libremente su gracia hasta el punto de conducirse a una separación definitiva de Él. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra «infierno». No es que Dios deje de amar al hombre, sino que el hombre puede rechazar libremente su amor hasta el final. El infierno consiste precisamente en esa separación definitiva de Dios, escogida libremente y confirmada con la muerte.


Aquí se revela el misterio más doloroso y sublime del amor divino: Dios respeta tanto nuestra libertad que está dispuesto a aceptar nuestro rechazo. Prefiere correr el riesgo de sufrir por nuestra negativa, antes que violar la dignidad de criaturas libres a las que ha querido crear por amor.

 


5. CONCLUSIÓN: ¿En qué se nota que creemos de verdad?


¿Cómo saber si estamos creyendo realmente en Dios o si sólo practicamos una religión de mínimos, una fe puramente rutinaria? La fe auténtica –esa que confesamos con tanta solemnidad al rezar el Credo– no debe quedarse en ideas singulares o actitudes cómodas; se convierte en una manera de vivir que se manifiesta en tres maneras de proceder muy concretas:


Primero, el fin del miedo y de la culpa opresiva. Si creemos de verdad que Cristo no vino a condenarnos, dejamos de vivir aplastados por el escrúpulo y la culpa neurótica. Aprendemos a mirar nuestros propios pecados y caídas no como sentencias de muerte que nos hunden, sino como llagas abiertas que necesitan el bálsamo del perdón y la determinación de nuestro arrepentimiento.


Segundo, el quebranto de la autosuficiencia. Creer de verdad exige el quebrantamiento de esa falsa suficiencia con la que pretendemos «apañarnos» solos. Porque el gran pecado de nuestra vida espiritual –y una sutil herejía– es que, aunque de boca decimos creer en Dios, en el fondo nos fiamos mucho más de nosotros mismos, de nuestros propios planes y méritos. La fe auténtica rompe esa soberbia: nos obliga a soltar el timón, a admitir que nada podemos sin Él y a descansar sabiendo que, incluso en la noche oscura del dolor o la tribulación, nuestra vida está sostenida por el Unigénito.


Y tercero, la libertad de no juzgar a los demás. Una fe que experimenta la salvación gratuita no se puede encerrar en un cajón; se desborda inevitablemente en amor hacia los hermanos: la fe verdadera se manifiesta en la caridad. Así, quien se sabe profundamente amado y perdonado por Dios, aprende a mirar al hermano con misericordia. Por eso Jesús nos advierte contra el juicio injusto y nos invita a sacar primero la viga de nuestro propio ojo:

«¿Cómo miras la paja que hay en el ojo de tu hermano, y no ves la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: "Deja que saque la paja de tu ojo", teniendo la viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la paja del ojo de tu hermano» (Mt 7, 3-5).

En definitiva, creer realmente en Dios es simplemente dejarse salvar por Él para empezar a amar de verdad. No se trata de un esfuerzo titánico por alcanzar la perfección, sino de abrir las ventanas del alma para que la Luz de Cristo entre y lo transforme todo: dejarse mirar por Él, dejarse perdonar por Él y amar como Él nos ama. Esa es la aventura de la fe que da sentido a nuestra vida.

 

6. BIBLIOGRAFÍA

 

Fuentes Bíblicas y Magisterio de la Iglesia

  • Conferencia Episcopal Española (CEE). (2010). Sagrada Biblia. Versión Oficial de la Conferencia Episcopal Española. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC).
  • Catecismo de la Iglesia Católica (CCE). Asociación de Editores del Catecismo. Numerales 150-152 (La naturaleza de la fe como adhesión personal a Dios), numerales 678-679 (El sentido de Cristo como juez de vivos y muertos y el misterio del juicio actual), y numerales 1033-1037 (La teología del infierno como autoexclusión de la libertad humana).
  • Concilio Vaticano II. (1964). Constitución dogmática sobre la Iglesia: Lumen Gentium. Numeral 16.
Tradición Patrística y Teología Clásica

  • San Agustín de Hipona (https://www.google.com/search?q=san+agust%C3%ADn+de+hipona&kgmid=/m/0w6w). In Iohannis Evangelium Tractatus (Tratados sobre el Evangelio de San Juan). Tratado XII y XXVI: «Inspiración de la triple distinción clásica de la fe» (credere Deum, credere Deo, credere in Deum) (https://www.google.com/search?q=san+agust%C3%ADn+de+hipona&kgmid=/m/0w6w)
  • San Juan de la Cruz (https://www.google.com/searchq=san+juan+de+la+cruz&kgmid=/m/0c4j4). (1589). Dichos de luz y amor: «Al atardecer de la vida, seremos juzgados en el amor».

 Exégesis Bíblica Contemporánea y Teología Espiritual

  • Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI). (2005). Carta Encíclica: Deus Caritas Est (Dios es amor). San Pablo.



[1] CEE: Conferencia Episcopal Española


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